El debut de Diego en UFC fue una prueba de carácter absoluta.
Con poco tiempo de preparación y ante un rival invicto como Movsar Evloev, Lopes salió a competir sin complejos, atacando constantemente y poniendo en aprietos a uno de los peleadores más dominantes de la división. Aunque la decisión no le favoreció, aquella noche dejó claro que había llegado para quedarse, ganándose el respeto del público y de la compañía en una derrota que se sintió como victoria moral.
Su segunda aparición fue una declaración de intenciones.
Frente a Gavin Tucker, el brasileño desplegó todo su arsenal de jiujitsu con una fluidez demoledora, llevando el combate a su terreno y cerrando una sumisión que levantó a la arena de sus asientos. Fue su primer triunfo en UFC y la confirmación de que su peligrosidad en el suelo podía cambiar cualquier pelea en segundos.
Ante Pat Sabatini, Diego mostró una faceta distinta, igual de letal.
Con paciencia y lectura precisa, castigó con contundencia hasta encontrar el momento exacto para finalizar el combate con sus puños. Aquella actuación dejó claro que no era un peleador de una sola dimensión y que su evolución en el striking era tan real como peligrosa.
Finalmente, cuando llegó la pelea contra Brian Ortega marcó un punto de quiebre en su carrera.
Lopes dominó a uno de los nombres más respetados de la división con autoridad, neutralizando su peligro y castigándolo con contundencia. Fue una victoria aplastante, en un escenario espectacular montado en la Sphere de Las Vegas que sacudió el panorama del peso pluma y lo colocó en definitiva en la conversación por el título.
Su primer intento por el cinturón llegó frente a Alexander Volkanovski, uno de los campeones más dominantes de la historia.
Diego asumió el reto con respeto, pero sin miedo, enfrentando la exigencia de cinco asaltos ante un referente absoluto de la división. Aunque el oro no llegó esa noche, la experiencia lo marcó y le dejó aprendizajes fundamentales para su futuro inmediato.